La tristeza
ANTÓN CHÉJOV
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima le sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
-¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. Al través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
-¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
-¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
-¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeunte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertarse de un sueño profundo.
-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
-¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
-Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
-¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
-No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
-¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escuchale.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante,
acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos,
discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
-¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
-¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
-¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
-Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-.
Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
-¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
-¡Palabra de honor!
-¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe
atipladamente.
-¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
-¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
-Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
-¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es
insoportable! Prefiero ir a pie.
-Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
-¿Oyes, viejo estafermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
-¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
-Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
-¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
-¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él
conversación.
-¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
-Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha
convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
-No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde,
acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada,
irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
-¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
-Sí.
-Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho, caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
-¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho?
Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
-Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera...
Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.
Para los jóvenes poetas que también buscan la inspiración, les adjunto estos poemas amorosos del gran Pablo Neruda.

SABRÁS QUE NO TE AMO Y QUE TE AMO
Sabrás que no te amo y que te amo
puesto que de dos modos es la vida,
la palabra es un ala del silencio,
el fuego tiene una mitad de frío.
Yo te amo para comenzar a amarte,
para recomenzar el infinito
y para no dejar de amarte nunca:
por eso no te amo todavía.
Te amo y no te amo como si tuviera
en mis manos la llave de la dicha
y un incierto destino desdichado.
Mi amor tiene dos vidas para amarte.
Por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo cuando te amo.
POEMA 10
Hemos perdido aun este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.
He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.
A veces como una moneda
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.
Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.
Entonces, dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?
Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.
Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.
DESNUDA
Desnuda eres tan simple como una de tus manos:
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente.
Tienes líneas de luna, caminos de manzana.
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.
Desnuda eres azul como la noche en Cuba:
tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres redonda y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.
Desnuda eres pequeña como una de tus uñas:
curva, sutil, rosada hasta que nace el día
y te metes en el subterráneo del mundo
como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.
LAMENTO LENTO
En la noche del corazón
la gota de tu nombre lento
en silencio circula y cae
y rompe y desarrolla su agua.
Algo quiere su leve daño
y su estima infinita y corta,
como el paso de un ser perdido
de pronto oído.
De pronto, de pronto escuchado
y repartido en el corazón
con triste insistencia y aumento
como un sueño frío de otoño.
La espesa rueda de la tierra
su llanta húmeda de olvido
hace rodar, cortando el tiempo
en mitades inaccesibles.
Sus copas duras cubren tu alma
derramada en la tierra fría
con sus pobres chispas azules
volando en la voz de la lluvia.
Más poemas de Neruda en http://amediavoz.com/neruda.htm
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RADIOGRAFÍA DE LA DENTADURA HUMANA

FÍJATE EN LAS DISTINTAS PIEZAS BUCALES Y PARA QUÉ SIRVE CADA UNA

ESTA ES UNA IMÁGEN REAL DEL ESÓFAGO. ESTÁ TOMADA CON UNA CÁMARA DE VIDEO EN UNA PRUEBA MÉDICA LLAMADA GASTROSCOPIA

ESTA MANCHA OSCURA DEL CENTRO ES EL ESTÓMAGO VISTO POR CONTRASTE, FÍJATE EN SU FORMA

ESTO TAMBIÉN ES EL ESTÓMAGO. FÍJATE EN EL JUGO GÁSTRICO.

ESTA IMAGEN ES UN CORTE TRANSVERSAL DEL INTESTINO DELGADO. LAS PROLONGACIONES QUE VES SON LA VELLOSIDADES INTESTINALES.

ESTO ES UNA IMAGEN DE MICROSCOPIO ELECTRÓNICO DE LAS VELLOSIDADES

ESTO ES UN TROZO DE DUODENO
POR ÚLTIMO, UNA IMAGEN DEL PÁNCREAS Y DEL HÍGADO, FÍJATE EN SU FORMA

PERSECUTA
Como en tantas y tantas de sus pesadillas, empezó a huír, despavorido. Las botas de sus perseguidores sonaban
y resonaban sobre las hojas secas. Las omnipotentes zancadas se acercaban a un ritmo enloquecido y enloquecedor.
Hasta no hace mucho, siempre que entraba en una pesadilla, su salvación había consistido en despertar, pero a
esta altura los perseguidores habían aprendido esa estratagema y ya no se dejaban sorprender.
Sin embargo esta vez volvió a sorprenderlos. Precisamente en el instante en que los sabuesos creyeron que iba
a despertar, él, sencillamente, soñó que se dormía.
CABALLO IMAGINANDO A DIOS
"A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el caballo. Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete."
Os dejo otro cuento de terror, para aquellos que buscan la inspiración para el concurso de narrativa breve, leedlo.

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
-No es nada -dijo por último.
-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
-¿No comprende usted? -preguntó.
-No -le contesté.
-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
-¿Cómo?
-¿No pertenece usted a la masonería?
-Sí, sí -dije-; sí, sí.
-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
-Un masón -repliqué.
-A ver, un signo -dijo.
-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
-Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!
Pues la historia es la siguiente: estaba Carl Friedrich Gauss, uno de los matemáticos más famosos de la historia, en la escuela. Era el año 1787. Tenía unos 10 años de edad. Con esa edad pasó lo que tenía que pasar, todos los niños empezaron a tirarse papeles, tizas, etc.
En ese momento apareció el profesor y cabreado como estaba, ordenó a todos los niños que, como castigo, le sumaran todos los números del 1 al 100.
El profesor debió pensar: ¡que idea mas buena he tenido!. ¡Durante un buen rato, me dejarán todos estos mocosos en paz!.
A los pocos minutos, nuestro pequeño genio se levantó del pupitre, y entregó la respuesta correcta: 5050. El profesor, asombrado, debió pensar que había puesto un número al azar, y se dispuso él mismo a hacer la interminable suma. Al cabo de un buen rato, comprobó que, efectivamente, la suma pedida era 5050.
No es que Gauss fuera un calculador extraordinario, capaz de hacer sumas a la velocidad de un ordenador moderno. Gauss llegaría a ser uno de los mejores matemáticos de la historia, y los matemáticos no calculan: piensan...
Lo que hizo Gauss fue lo siguiente:
Tenía que sumar los siguientes números:
1+2+3+4+5+6+7+8+9+.....................................+95+96+97+98+99+100
Pero nadie le obligaba a sumarlos por orden. Gauss se percató de un hecho singular: si agrupaba los número por parejas, tomando el primero y el último, el segundo y el penúltimo, etc., tenía lo siguiente:
(1+100)=101; (2+99)=101; (3+98)=101; (4+97)=101; etc.
Es decir, todos los pares de números sumaban 101. Como entre el uno y el 100 podía hacer 50 pares con esa propiedad, 50 X 101 =5050.
Mas tarde, aplicaría este mismo principio para hallar la suma de la serie geométrica y muchas otras series.

Carl Friedrich Gauss, matemático alemán

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
Versión de dibujos animados de este cuento en: http://es.youtube.com/watch?v=sl1l6v0ydfQ&feature=related
TENIA O SOLITARIA
Es un gusano plano que habita en el intestino delgado. Es transmitido por la carne de cerdo.
Tiene estos ganchos y ventosas en la cabeza para adherirse a la pared del intestino.
DUELA DEL HÍGADO

Es otro gusano plano que habita en el hígado.
ANISAKIS
Es un gusano transmitido por el pescado fresco, especialmente si está poco hecho o crudo, como en el caso del sushi japonés. Produce alergias en algunas personas.
ASCARIS
Son las lombrices intestinales más típicas. Abundantes en los niños pequeños en zonas pobres en higiene.
TRHICHINELLA SPIRALIS
GARRAPATAS
Pasan desde el pasto al cuerpo de un animal o un ser humano donde suelen buscar las zonas velludas, como las axilas o el pubis. Allí extraen sangre de su huésped.
Las garrapatas son arácnidos, no insectos, cuenta si no cuántas patas tiene.
PIOJOS
Los pijos transmiten una enfermedad muy grave, el tifus. Como curiosidad, la pésima higiene en las trincheras de la primera guerra mundial (1914-1918) hizo proliferar los piojos entre los soldados y, por tanto, también el tifus. Esta enfermedad produjo cuatro millones de muertos, tantos como la propia guerra.
LADILLAS
Parásitos que habitan en el vello púbico y que se transmiten por contacto sexual. Fíjate en cómo son sus patas para moverse entre los pelos.
PULGAS
Las pulgas suelen afectar a los animales domésticos, pero desde éstos pueden pasar al ser humano originando grandes molestias y la transimisión de enfermedades.
PLASMODIUM
Es el protozoo responsable de la enfermedad más grave del planeta: la malaria. Causa un millón de muertos al año, el 75% de ellos niños.
Como puedes ver, Plasmodium destruye los glóbulos rojos.
TRYPANOSOMA
Es otro protozoo que causa enfermedades, como por ejemplo, la famosa enfermedad del sueño.
Este criptograma tiene resonancias mágicas. La suma de sus números cogidos de 4 en 4 suma 33, un número que se considera muy especial. ¿Eres capaz de decir cuántas combinaciones posibles de estos números suman 33?
Hay nada más y nada menos que 310 combinaciones posibles que suman 33, por ejemplo la suma de los cuatro números de cada fila o de cada columna, o la suma de los cuatro números de cada uno de los cuatro cuadrados que se forman en cada esquina.
Este criptograma se encuentra en la Fachada de la Pasión del Templo de la Sagrada Familia en Barcelona. Fue diseñado como todo el templo por el arquitecto Antoni Gaudí. 33 es un número simbólico para Gaudí porque es la edad de la muerte de Cristo.http://www.sagradafamilia.cat

TODO ESTABA DECIDIDO DESDE SIEMPRE
Manuel Sosa
Barbara Stanwyck, actriz de los años 40
Cuando me ofrecieron protagonizar este cuento posmoderno, facturas y deudas tomaron por mí la decisión de aceptarlo. Los raíles metaliterarios por los que discurriría mi personaje me disgustaban profundamente, pero desde el año 55 nadie en la Costa Oeste quería en sus libros o guiones a aquellos que llamábamos “nenas” a las mujeres, sabíamos fumar y nos adelgazaba el blanco y negro, así que acepté protagonizar este cuento, no para salir de la cuneta de los personajes olvidados, sino para vaciar mi casa de botellas, llenar la nevera, abrir las ventanas y, sobre todo, cerrar la boca a la casera.
La autora del cuento vivía en Europa por lo que los flecos del contrato entre ambos los recorté con su agente en un club de Santa Mónica. Copa tras copa, me dejé convencer con desgana por su trama de novela negra ambientada en la universidad y por las líneas básicas que la autora esgrimía para mi personaje. Eran obtusas, gastadas, aburridas… me hubiera gustado reprochárselas en cara, pero he de reconocer que gracias a su tinte hollywoodiense me agradaron… Sin embargo, encaramado a mi ego me hice el interesante aparentando una cierta desazón que el agente supo alegrar con otra copa de whisky y la rúbrica de un contrato por el que, pese a las reticencias de la autora desconocida, mi personaje sería también el narrador del relato. A cambio, acepté la cláusula más controvertida de cuantas me planteaban: la narración daría comienzo en el momento de mi muerte y haría de narrador como un personaje muerto. Sepan por tanto que lo estoy… Esperen asesinatos triangulares… Vislumbren estos hechos en blanco y negro…
Humphrey Bogart, el mito del cine negro
Mi imagen literaria quedó claramente establecida según la pluma europea de la autora: debía llevar traje oscuro y sombrero, hablar hacia la seducción y el odio y fumar desde el odio y la seducción, hecho que en ningún momento me incomodó, ya que la ciudad y la vida me habían enseñado a no creer en Dios y a hacerlo en el tabaco y la comida de lata… Con todo ello, pretendían alejarme del Bogart seductor ya demasiado gastado al que mi voluntad tendía, para acercarme a un William Holden, cuya pose en blanco y negro se acomodaba mejor a mi divagar como eterno perdedor elegante. Nadie perdía como él, nadie moría como él, casi nadie fumaba como él… La autora quería que fuera un él como profesor universitario y puede que a mí me gustara serlo.
William Holden, actor americano
Al entrar en el aula, colgaba el sombrero, sonreía y no para saludar, sino para deleitar a mis alumnas, decía “buenas tardes”. Esa era mi función, por simple magnetismo e inaccesibilidad de profesor debía enamorar el tierno corazón suspirante de todas mis alumnas, en cambio, el de aquélla a quien yo amaría debía quedar fuera de este hechizo docente. Como casi siempre que desde la tarima se enamora, lo hice como profesor de poesía, en mi caso como profesor de Dante a las alumnas de Filología. La mayor justicia poética de la universidad, me permitía fumar en clase y alternar endecasílabos con intensas caladas; el humo depuraba el ritmo en mi garganta, intensificaba la rima y trasladaba el amor toscano al otro lado del Atlántico. Paraísos, purgatorios e infiernos servían para que la astronómica conjunción de versos y miradas ruborizara a todas esas alumnas californianas de gafas y estética de chicle, a todas… menos a la inquietante distraída de la última fila que por decoro debía haberse llamado Beatriz… No tenía ese nombre, pero sí la belleza de Rita Hayworth sin serlo, la mirada de Barbara Stanwyck sin serlo, la elegancia de Veronica Lake sin serlo y otras bellezas, miradas y elegancias tatuadas en su aura de mujer desgraciada y puñal. A diario, el tintinear on the rocks de sus tacones y un leve “lo siento” interrumpían mi clase. Sentada junto a un mexicano sustituía los apuntes y a Dante por el paso de las estaciones en la ventana y por pensamientos que entristecían su rostro. Estaba claro que él la amaba. Estaba claro que ella no, pero se dejaba amar. Estaba claro que yo la debía amar y ella a mí no. Sin claridad, sus compañeras me amaban entre la atracción y el deseo. Innumerables líneas amorosas jalonaban la clase unidireccionalmente, dirigiéndola viento en popa hacia un fracaso sincero que nuestro querido Dante debió observar con orgullo.
Rita Hayworth, el mayor mito erótico de la historia del cine
El desarrollo urdido en la trama por la autora europea nos reunió en una tutoría en mi despacho. La no-Beatriz traspasó la puerta con igual dosis de timidez calculada y dominio felino de la atmósfera. Encendió uno de mis cigarros y conquistó el espacio al tiempo que sustituyó con maestría el usted por el tú y las dudas sobre poesía italiana por las verdades sobre solterías y noviazgos. Al mexicano lo llamó amigo, a mi ex mujer agua pasada, al whisky que le ofrecí sólo lo llamó por su nombre… Bajo las duras líneas de su traje de chaqueta y su fuego quimérico, yo sólo deseaba una mujer exactamente igual que ella, con sus pestañas, su perfil de serpiente, su triste avidez por la vida… Deseaba desnudar a jirones el personaje que la vestía y encontrar a la misma mujer que había desnudado… Y la besé. La besé sin que hubiera nada antes de ese beso y no porque yo quisiera, que lo deseba más que nada, sino porque ella lo quería y así lo hice, como se besaba antes: más despacio, más fuerte, más áspero…
En clase los espejos de la apariencia dejaron todo igual: ella junto al mexicano, yo más seco en la tarima filológica. En cambio, aquellos besos con sabor a cinismo literario y whisky se repitieron constantemente al ritmo de sus deseos y la clandestinidad académica del curso. En el despacho, en mi casa, entre caricias de erizo y besos apasionados, ella me hablaba con calidez de su pasado desgraciado: maltratos, un padre borracho … yo le leía fragmentos de la novela que estaba escribiendo, le proponía irnos juntos al Este donde allí nadie nos conocía… pero ella mostraba indiferencia y juventud de títere ante todo. Sus ojos miraban siempre hacia el dolor de su pasado y no hacia un futuro conmigo. En el quicio entre ambos, el presente no era más que un constante desliz que no admitía preguntas y en el que hombres como el mexicano y yo, sólo servíamos para sobrevivir y dar sentido a la juventud.
Imagen de la película Perdición de Billy Wilder, 1944
A mitad de curso, mi cátedra logró invitar a William Faulkner a dictar una serie de conferencias sobre el papel de los personajes en la narrativa. Ella, a la estela de toda la América culta, idolatraba las novelas de este hombre envejecido y acudió a devorar apasionadamente su voz y sus palabras. Varios whiskys y conversaciones me habían hecho trabar una incierta amistad con Faulkner que utilicé para presentarle a mi alumna. Derribada la cortesía del saludo inicial, ella fue detonando minuciosamente los gestos y las pasiones para acercarse matemáticamente al novelista. Quizá leyéndolo había aprendido demasiado bien a no ser una chica guapa más, a citar a Horacio en conversaciones banales, a fulminar sonrisas en pleno debate, a ser muchas ella misma asediando su agrado… Supo hacer a su belleza inteligente en una exposición de arte, elegante en una recepción aburrida, sincera en un paseo por el campus, ardiente en una cena íntima… Parapetada tras cinismo y perfumes, se convirtió en la fiel compañera del premio Nobel a su paso por nuestra universidad con un juego y unas cartas no muy diferentes a las que me daba y había dado y con las que le consentíamos las trampas y el consumo de nuestra dignidad en sus labios.
William Faulkner, premio Nobel de Literatura en 1949
Su doble juego con él y conmigo llevó a un Faulkner obsesionado a permanecer todo el verano en la universidad y a ella a una tesis dirigida por mí sobre la obra del que en realidad era su amante… Ni que decir tiene que la alargada sombra de un tercero tan insigne fructificó entre nosotros agriando el intimismo de encuentros pasados en que los besos eran suficiente. En aquel tórrido verano ya no lo eran y apestaban demasiado a la frustración alentada por aquel anciano, al que envidiaba tanto como admiraba, y al que odiaba tanto como compadecía.
En este punto, el inestable triángulo amoroso de todas estas historias fatales ya estaba completamente hilado y tensionado por la desconocida autora. Sus tres vértices se atraían y repelían en una pasión escalena destinada por las normas de la geometría posmoderna a dejar de ser triangular mediante un asesinato. Uno de esos vértices debía ser eliminado para que la Literatura tuviese sentido y superara a la realidad, pero… ¿por qué la realidad no puede tener sentido eliminando uno de esos vértices y anulando a la Literatura?
Los que se dicen incapaces de matar mienten, sólo les falta una razón para ello. La mía fue el amor, la de ella resultó ser la venganza. Aquella tarde al entrar en mi despacho su trazo personal también vestía con melancolía y rimel corrido. Vidrio en los ojos, vidrio en las manos, angustia en la garganta… Se derrumbó en un cortante responso de humo y perdones cuyo devenir entre abrazos desembocó en este trueque: el beneplácito de matar a cambio de una fidelidad y un futuro que nunca salió de su boca, pero que di por sentados. Afirmaba que Faulkner la había humillado, vejado, pegado en público y privado con el ruido y la furia de aquel padre que había empañado su adolescencia y su vida. No necesitó prometerme amor para reclamar entre cigarrillos venganza para reconstruir su vida, una tímida venganza caldeada entre los cuchicheos de un plan casi perfecto. Era minucioso, sencillo, efectivo. Parecía que la creatividad que nadie me había dado para escribir una novela era ideal para planear un asesinato: movimientos, gestos, coartadas… El vacío de la biblioteca nos servía para encontrarnos. Cada palabra, cada coma, revólver, un disparo en el pecho, otro en la cabeza y alrededor la discreción raramente rota por un acento europeo tras un despacho. Todo fluía a mi boca con las palabras que ella requería, las respuestas exactas a sus preguntas con mi timbre, pero su voz y sus pensamientos. Ahora sé que sólo era el asesino que ella necesitaba… ¿Pero quién necesitaba que yo fuera el asesino?
William Holden y Barbara Stanwyck
Según dicho plan nos distanciamos. Ella se apegó a Faulkner más que nunca y puso las zancadillas necesarias para coronar a su querido mexicano con los futuros cuernos del chivo expiatorio. En cambio, esa distancia acumuló botellas vacías en mi despacho. Al tibio rescoldo del whisky, el saberme capaz de matar por amor hacía que su imagen se tambaleara tras la perspectiva de un futuro incierto, máxime cuando las manos que han de segar un alma encuentran la Vita nuova bajo una pila de cajetillas vacías y la dejan allí por miedo a leerla. La moral del blanco y negro que me había traído hasta aquí parecía indicar que todo estaba decidido desde siempre y que esa muerte no despejaría el camino, sino que detonaría otra y otra más. Sobre el plan casi perfecto siempre hay otro que sí es perfecto y aleja a la chica del asesino… No podía ganar, me habían elegido por ser y para hacer de un perdedor y ella no era ella, no era quien debía y podía ser, era la tormenta que destruye cuanto la ama y debía ser la templanza que sucede a la tempestad… Calor, noches lentas, horas lentas colgadas del reloj… Todo me alentaba a romper las reglas, a hacernos libres y a hacerla mía matando. Nunca nadie había robado un personaje.
La mañana señalada en nuestro plan amaneció tórrida con todas las piezas encajadas: la facultad desierta, el revólver robado, Faulkner en su despacho, el mexicano citado en su puerta tras el disparo, la denunciante anónima en su cabina, la policía apresurada ante la muerte del gran Nobel americano… que atraviesa el campus, que sube las escaleras, que entra en su despacho y se lo encuentra escéptico con otro café en la mano.
Un contrato equivocado hacía a mi voz la única del triángulo para hacer y contar otro asesinato llevando la ciega justicia poética a quien merecía la muerte, la única persona que realmente era una persona, la única que deseaba ser una mujer fatal, la única que quería vengarse de un padre violento, la única que hacía un tributo a Faulkner matándolo en su cuento, la única que también deseaba ver muertos a los duros del cine negro, y que no se escondía en un despacho en Europa, no, sino en la biblioteca de la universidad…
Veronica Lake
Las alarmas no debían ladrar y no ladraron. El bedel no estaría a esa hora y no estuvo. Nadie en el desierto apilar de mesas y libros. La resaca del amanecer en el polvo suspendido. Luz anaranjada y agrio silencio en mis pasos. Estanterías saturadas, libros derramados. Sobre la escalera, la distancia y las puertas que acolcharían los balazos. Nadie en el primer despacho, nadie en el segundo. Ante el cristal traslúcido del tercero, el revólver sudando en las manos. Al abrir la puerta, una máquina de escribir, una silla derribada, el gotear de una copa de whisky… La tinta fresca y reciente, las palabras frescas y recientes, los folios escritos como títeres tiritando… Al volver el rostro, un revólver sigiloso me apuntaba. La autora desconocida me apuntaba. La misma belleza, la misma mirada, la misma elegancia me apuntaban apuntándome con la presencia de quien describe y no es descrito. Otros ojos me apuntaron… Otros ojos me apuntaron para abrir fuego y cerrar sobre mí este cuento romántico.
Asesinato de William Holden en la película El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder
No dejes de leer, más cuentos en:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/poe/eap.htm
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/benedett/mb.htm

Stephen Hawkin: "Bienvenido a ambitocientificotecnologico.blogspot.es., el nuevo blog del I.E.S. Dionisio Aguado para los alumnos de tercero de E.S.O."
Albert Einstein: "En este blog podrás encontrar imágenes, curisodidades, textos y herremientas que te ayudarán en esta asignatura y en muchas más cosas"
Isaac Newton: "El blog siempre estará en construcción. Cuando sea necesario entre todos iremos incorporando aquello que necesitemos o que nos apetezca"
Charles Darwin: "En breve podrás dejar tus sugerencias en el blog. Revísalo periódicamente para ver qué nuevas curiosidades hay en él. El material se adaptará a lo que tratemos en clase y a lo que a ti te interese"
René Descartes: "De momento, tienes juegos matemáticos curiosos en http://www.todomagia.com/automagia/interactivos.html
disfrútalos"
Fractura de tibia y peroné
Una fractura es la pérdida de continuidad normal de la sustancia ósea. El término es extensivo para todo tipo de roturas de los huesos, desde aquellas en que el hueso se destruye amplia y evidentemente, hasta aquellas lesiones muy pequeñas e incluso microscópicas.

Jugador de futbol ( Cisse ) que sufrio una fractura.
En general, la fractura se produce por la aplicación de una fuerza sobre el hueso, que supera su resistencia elástica, en cuanto al mecanismo de aplicación de dicha fuerza sobre el foco de la fractura, podemos clasificarlas:
- Por traumatismo directo, en las cuales el foco de fractura ha sido producido por un golpe directo cuya energía se transmite directamente por la piel y las partes blandas. Por ejemplo, el golpe de un martillo sobre un dedo, fracturando la falange correspondiente. En esta misma clasificación se encuentran las fracturas producidas como consecuencia de una caída, en las cuales el hueso es el medio de transmisión de la acción de la fuerza y el suelo u otro elemento contundente es el elemento que reacciona, superando la resistencia ósea.
- Por traumatismo indirecto, en las cuales el punto de aplicación de la fuerza está alejado del foco de fractura. En este caso las fuerzas aplicadas tienden a torcer o angular el hueso. Por ejemplo, la caída de un esquiador, con rotación de la pierna, produce una fractura a nivel medio de la tibia y el peroné, estando las fuerzas aplicada a nivel del pie fijo y de todo el cuerpo en rotación y caída.
- Si la fuerza es aplicada paralelamente al eje de resistencia habitual del hueso, como lo que ocurre en las caídas de altura de pie sobre las vértebras, resultando en una compresion del hueso, acortándolo, se denominan fractura por aplastamiento.
- Si la fuerza es aplicada sobre un punto de sujeción de estructuras tendoligamentosas, desgarrando un trozo del hueso, se denomina fractura por arrancamiento.
- Por fatiga, también denominadas espontáneas, son aquellas en que la fuerza es aplicada en forma prolongada e intermitente en el tiempo. Por ejemplo, la fractura de marcha que se produce en algunos atletas o reclutas del ejército, que se produce en el pie (a nivel del segundo metatarsiano)

Escribe un número cualquiera de 4 cifras que no las tenga todas iguales. Por ejemplo, 5734.
Ordena las cuatro cifras de ese número de mayor a menor, en nuestro caso obtendremos 7543.
Ahora ordénalas de menor a mayor, en nuestro caso tenemos el número 3457.
Resta ambos números: 7543-3457= 4086.
Repite el proceso con el resultado, es decir, ordenando sus cifras de mayor a menor y de menor a mayor y restándolas como has hecho antes. En este ejemplo, 8640-0468= 8172.
Si repites constantemente el proceso descrito llegarás a 6174, elijas de partida el número que elijas, prueba si no, y compáralo con el ejemplo:
8712-1278= 7434
7443-3447= 3996
9963-3699= 6264
6642-2466= 4176
7641-1467= 6174
7641-1467= 6174...

¿Magia o matemáticas?...
Vídeos curiosos en Youtube:
El aparato digestivo por dentro: una gastroscopia: http://es.youtube.com/watch?v=UFEayzV6kwQ
Espectacular pelea de leones y búfalos con un cocodrilo como invitado de excepción: http://es.youtube.com/watch?v=LU8DDYz68kM
Migración de las mariposas monarca en México: http://es.youtube.com/watch?v=DL6gjJ5QCeg
La belleza de la selva del Amazonas: http://es.youtube.com/watch?v=HEAqh7staBE
Hormigas asesinas: http://es.youtube.com/watch?v=sl6CXxah06g
Alud en el Pirineo: http://es.youtube.com/watch?v=jD1mfRRgRDA